"Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
se secan y mueren en
la perdida Carcosa."

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martes, 13 de abril de 2010

La anciana y el Golem

La anciana se mecía con la barca, y frente a ella el Golem jugueteaba con el sedal de la caja.

-Un momento… -dijo la abuela, acercando la mano para recoger un anzuelo. Mientras lo colocaba, observó una vez más el grisáceo oleaje que golpeaba contra su pequeña nave bajo un toldo de nubes, y se pasó la mano por la mejilla, recorriendo los surcos de las arrugas, para colocarse la canosa melena detrás de la oreja.

El Golem la miraba en silencio lanzar la caña una y otra vez, sin resultado alguno.

-¿Sabes? No creo que debas clavar de esa manera el gusano.

-No importa, chico. Soy demasiado mayor como para cambiar de hábitos, y una boca no es difícil de alimentar. Tarde o temprano picará alguno.

Pronunciaba estas palabras con una sonrisa en los labios, enterrando sus ojos en los pliegues de su cara, tras unas gafas redondas de un grosor desmesurado.

-Aún así, si colocaras la lombriz de esta forma… –prosiguió el Golem, sujetando un anzuelo y un cebo –acabarías antes, y podrías volver a casa.

Al decir esto, señaló hacia la costa produciendo un continuo crujido al mover el gran brazo de piedra. En la orilla solo se veían, bajo el filtro sombrío de los nubarrones, dunas y una cabaña de madera, oscura y húmeda, que parecía estar allí desde la mismísima creación de la playa. La espuma de las olas llegaba casi hasta los escalones de la puerta.

-Escucha, chico. Llevo pescando aquí toda mi vida, siempre lo he hecho de esta manera y seguiré haciéndolo así hasta el día en que no pueda levantarme a remar por la mañana. Tras una eternidad realizando la misma tarea, ¡no creo que estés en posición de darme consejos! –contestó con una sonrisa burlona, señalando vibrantemente a la criatura de piedra que conversaba frente a ella.

-En eso te equivocas. No llevas una eternidad haciendo la misma tarea. Llevas una vida. Y en eso, yo te saco ventaja. Cuando este anzuelo –dijo el Golem, mostrando a pocos centímetros de la vieja el objeto de metal, sujetándolo entre su pulgar y su índice- no era más que mineral escondido en alguna recóndita montaña, yo ya caminaba por estas tierras. Y para mí, el día en que fue fabricado, que a juzgar por su aspecto debió ser hace ya mucho tiempo, está tan solo a un parpadeo de este mismo momento.

-Aham. –dio la abuela como toda respuesta, poco interesada en la conversación de su compañero, mientras se encorvaba agarrada a la caña, mirando fijamente a las olas de plata que bullían bajo cubierta.

-Los conocimientos que tu has adquirido en una vida de dedicación, ya los poseo sin apenas haber mostrado interés por el arte de la pesca. He tenido toda la eternidad para asimilarlos de manera subconsciente.

Ante esta palabra la dama octogenaria abrió levemente sus ojos, que tras las gafas se asemejaban a dos botones de ébano.

-Subcon... ¿Qué? Chico, inventándome palabras también puedo intentar convencerte.

El Golem sonrió, estirando su máscara de piedra, que se cuarteó desperdigando un fino polvillo sobre el suelo del bote. No había sonreído en siglos.

-Me refiero a que no me dediqué voluntariamente a la pesca. Pero piensa, por un momento, en las miles de conversaciones que he escuchado sobre el tema. Ya fuera en el mercado de Lagash, en la biblioteca perdida de Anyang, o en el salon secreto de mi decimotercer Amo en la ciudad de Harappa, conozco técnicas ancestrales orientadas a capturar la mayor cantidad de peces en el menor tiempo posible. ¡Y discutimos sobre algo tan básico como la manera de colocar un cebo!

En silencio, la anciana meditó su respuesta. Había dejado la caña sujeta a la barca, y ahora miraba al Golem, encorvado sobre ella debido a su gran altura. La vieja, también encorvada aunque debido a su edad, alargó el cuello, buscando las hendiduras que pretendían ser ojos.

-Hay una cosa que pasas por alto. La pesca no es como resolver quebrados. La pesca no es una fórmula. Para aprender a pescar en una barca como esta, con unos materiales como estos, requieres de dedicación, de amor y pasión hacia lo que haces. Y esa clase de pasión rezuma por mis poros. Me levanto pensando en lo que me ves hacer ahora mismo, y me acuesto con la misma idea en mente. Mi motivación no va más allá de estas olas desde que mi marido murió, y nada me produce más satisfacción que tirar del sedal, elevando al pez por los aires, mientras cuelga de los anzuelos que él mismo hizo. El balanceo de este trozo de madera es una conversación con mi difunto esposo. Y eso, chico, es algo que tú nunca entenderás, porque teniendo el infinito frente a ti todo momento te parece trivial, y toda conversación prescindible. No has perdido la pasión por vivir porque ya naciste sin ella.

En el preciso momento en que acabó, la señora se arrepintió de sus palabras, consciente del daño que había causado en su compañero. El Golem, perplejo, guardó silencio unos segundos. No podía creer que aquella anciana le hubiera herido. Y, llevado por la furia, contestó:

-Podré ser desapasionado, anciana, pero prefiero eso al patetismo de aferrarme de manera desesperada al recuerdo de una etapa efímera con un compañero. ¿Cuánto fueron, cuarenta, cincuenta años de convivencia? ¡Ja! Y aún así, pensará en ello como si fuera una larga etapa. Lo triste no es que se pase el resto de sus días recordándole, lo triste es que usted es la menos indicada para hablarme de pasión por la vida. Desea o bien volver a la etapa en la que convivía con él o que la muerte se la lleve.

Ofendida, la anciana se defendió, iracunda:

-¡Mira, chico, podré desear que vuelvan tiempos mejores, pero al menos deseo algo! No esperas el abrazo de la muerte, ¡porque ya te alcanzó hace tiempo! ¡Lo único que te diferencia del resto de tus compañeros de tumba es que ellos no se mueven ni se muestran insolentes con sus mayores!

El Golem se levantó, acentuando la inclinación del bote, que crujió, venciéndose claramente hacia su lado. Las herramientas se deslizaron por el suelo de madera, golpeando sus pies.

-¿”Mayores”? Escúcheme bien, ¡para mí no hay diferencia entre una persona de tu edad y un recién nacido! ¡Sois insignificantes y pasajeros, pero aún así camináis tomando vuestra propia vida como referencia! Pero déjame decirte algo: ¡Morirás, y en un suspiro ya nadie recordará tu existencia, rey o esclavo! ¡Te cultivarás, y en nada quedarán tus conocimientos, pues en algún momento serán superados o solapados por los de algún otro! ¡Y esto se aplica a ti, a tu marido, y a todos los seres que pueblan esta tierra!

Al oír el discurso de la criatura la anciana también se levantó, tan rápido como se lo permitían sus desgastadas rodillas, y en el trayecto tiró la caña al mar, que chapoteó al entrar en contacto con las olas. Y el Golem y la anciana se quedaron en silencio, observando el ruido de la espuma acariciando la cubierta. Un sonido semejante a un suave susurro que los enmudecía. Shh, shh. Y así, mudos, se percataron de la belleza del lugar en el que fondeaban, de los peces que deambulaban bajo la superficie, del viento que agitaba la vela produciendo un rítmico “flop-flop”, del sol que entre las nubes formaba un bello disco blanco de bordes difusos, y del olor a agua salada. Y, por primera vez vivieron, sin tener la cabeza en otro sitio.

miércoles, 7 de abril de 2010

Acelerado

Me muevo silencioso en la noche mientras las ramas acarician mi pelo y mi juicio se nubla por la emoción al liberarme como quien soy, el hambriento y veloz ahijado del plenilunio.

Subo a zancadas masticando en el vacío furiosamente, y los espumarajos se deslizan por la comisura de mis labios para caer al suelo de la roca a la que me aferro cuando aúllo a mi madre, mi amante, mi pálida Dueña Eterna, que me sonríe sin inmutarse.

El olfato precede a la visión. Llevaba rastreando el olor de las luces que ahora se perfilan en la ladera de la montaña desde hace horas, y con un impulso desciendo al galope en esa dirección. Hay momentos en los que mis garras permanecen al completo en el aire y por el rabillo del ojo un búho me observa atónito.

El bosque rezuma vida, desde las lombrices que aplasto retumbando en la tierra mojada hasta los murciélagos cuyo cobarde chillido llega a mí tras un viaje de hectáreas. El frío es un néctar revitalizante que baila con mi pelaje combándolo como si fuera un diminuto campo de maíz y me anima a seguir cada vez más adelante. Con cada paso la tierra resuena, y a cada “Dum-dum” que producen mis zarpas y mi corazón las luces de la ciudad se escapan poco a poco de la jaula que forman los troncos de los pinos. Y se acercan. Tras de mí la tierra crea una estela marrón y dispersa.

Ya tengo la lengua fuera ondeando como una cinta carnosa, mientras resoplo vendavales al notar como el olor me satura. Un olor en concreto se clava en mi nariz como un anzuelo, un anzuelo que tira de mi hacia uno de los pocos brillos. Probablemente sea de aquel gordo que siempre viene a comprar las perdices que Padre y yo vendemos. Pero no importa. Es sabroso, lo sé, y por ello no puedo (ni quiero) controlarme. Pensando en su carne babeo tanto que tengo que tragar para poder respirar en condiciones. Ese gordo ha de ser mío, me pertenece y me apresa. Tienequesermíotienequesermíoesmíoesmío. Corro con un sentimiento parecido al alocado enamoramiento de un adolescente hacia su ventana iluminada, de frente, por lo que puedo verlo sentado en la mesa, iluminado por la chimenea. Huelo otra persona, pero no la veo. Me acerco volando entre la maleza y no me detengo ante la ventana. Mejor hacer esto deprisa. Los cristales estallan a mi alrededor, deslizándose por el suelo cunado me estabilizo sobre mis patas ampliamente extendidas. Me muevo espasmódicamente para sacudirme de encima los restos de la ventana que pudieran haber quedado en mi pelambrera y al levantar la cabeza el gordo me observa mudo e inmóvil. Sonrío, enseñando mis colmillos, amarillos y húmedos. Soy más grande que él. Que él de pie.
No le da tiempo a gritar. Su nuez se desliza por mi garganta. Me coloco sobre el, sujetándolo con mis cuartos traseros y delanteros. El siguiente ataque va a la barriga, que se abre como si fuera una hoja seca. Un trozo de intestino se engancha en mi colmillo, y sacudo la cabeza de lado a lado desparramando sus tripas alrededor de su cuerpo a la manera de una cuerda grotesca. La sangre ya forma un charco de más de dos metros, y no han pasado ni veinte segundos. Sumerjo mi hocico en sus entrañas moviéndolo arriba y abajo por debajo de su costillar, que finalmente rompo de un fuerte bocado. Mientras sigo royendo el hueso y tiño mi cara de rojo en una euforia homicida que no puedo comparar con nada terrenal o divino que jamás haya conocido, me percato de la presencia bajo la puerta de una mujer con una cara que da la impresión de ser una máscara mortuoria. La euforia ha pasado. Sonrío otra vez y salto por la misma ventana por la que entré. Me sumerjo una vez más en la noche, una vez más bajo el amparo de mi pálido amor, que me mira con ternura.
¿Maldición? El que lo llamó maldición tenía que estar loco.

miércoles, 17 de febrero de 2010

¡Maldición!

Ebrio como nunca y vomitando como siempre, Jacob avanzó por las calles de la Capital camino de su casa, maldiciendo cada símbolo de autoridad. Una comisaría, una escuela...Maldecía en voz alta. Como buen antisistema, maldecía con el dedo corazón levantado, y la cabeza levemente agachada encuadrándolo, con un gesto similar al de un director de cine, para que forme una perpendicular con el objetivo de su maldición.

Malditos, malditos, malditos. Todos.

Con espasmos etílicos y acercándose a las paredes para susurrarles, llegó a su portal. Una vez dentro, se sentó a buscar las llaves, mientras un resplandor dorado lo hacía despertar del ensimismamiento que producía en él una de las losetas rojas del suelo.

Maldita mancha dorada, no llegó a verla.

Maldijo un tiempo su incapacidad para parar el tiempo, y así poder observar la luz amarillenta que había pasado frente a su puerta.

Malditas leyes físicas. También ellas forman parte del sistema. Al final todo es parte del sistema.

Embriagado como iba, comenzó a divagar, imaginándose a unos entes, esas malditas leyes físicas, con la F de Fascista en su etiqueta, gobernando incluso por encima de esos gobiernos a los que tanto daño había hecho, mediante acciones de guerrilla urbana, volcando contenedores o peleando con jóvenes fascistas de su edad.


Tras maldecir las escaleras por las que subía a su cuarto y abrir la condenada puerta, se sentó frente a su ordenador (un maldito capricho lo puede tener cualquiera), y buscó en Google. No buscaba nada en concreto, solo nuevos conceptos que maldecir. Tecleó Política, Televisión, Religión.


Religión. Aquí se detuvo. Se había cagado en Mahoma, en Dios, en Alá, en Buda, en Raphael. Bueno, no en Raphael. Pero sí en Jesucristo Superstar.


Wikipedia: Religión.


Se sabía la página de memoria. Al menos la página de hace tres meses. Ojeó, arriba y abajo, para ver los cambios que habían añadido los internautas. Mientras tanto, maldijo un rato su nombre bíblico. Pero a pie de página, ¡Maldición!, había un hipervínculo, subrayado y en azul, que nunca había visto. Le llevó directo al mundo de la información sobre las sectas y religiones extravagantes.


Mmh. Nuevo material al que maldecir. Ahí estaban el monstruo del espagueti volador, Cthulhu, el unicornio rosa... Se acarició su cresta mientras recitaba su oración particular:


- ¡Me cago en Mahoma, en Dios, en Alá, en Buda, en Jesucristo Superstar...!

Y prosiguió con las nuevas incorporaciones:

-¡...en el espagueti volador, en Cth..Cthh....en Unicornio rosa, y en la divina nube de penes voladores!

Un zumbido atravesó sus oídos, y se dio la vuelta. En su habitación ya no había nada. No se VEÍA nada. Todo estaba cubierto por una inmensa e informe masa de símbolos fálicos. Al menos creía que eran símbolos fálicos, pues era tal su número y la velocidad a la que giraban en torno a un invisible eje gravitatorio que no acertaba a enfocar ninguno. Una gutural voz, cien fálicas voces anunciaron:

-La cagaste, chaval.

Y con su última maldición, Jacob dejó este cochino mundo.

jueves, 4 de febrero de 2010

Creo que era de noche.

Creo que era de noche y llovía cuando Juanjo me llamó. Pero no puedo asegurarlo. Solo creo eso porque cuando salimos a la calle era de noche y llovía, aunque podrían haber pasado horas entre mi charla con Juanjo y nuestra salida y no nos habríamos enterado. No es que fuera un tipo especialmente interesante, es que yo iba muy borracho.

-Shh, shh.

Con susurros me llamaba desde el otro lado de la puerta cuando salí del cuarto de baño. Lo había visto un rato antes, bailando con su barbilla mientras buscaba con ojos desesperados una tarjeta de crédito, un carnet de identidad, lo que fuera. Después le perdí el rastro, yo a lo mío y el a lo suyo.

-Shh, shh. Manu hostia. Ven aquí.

Sentado en la cama del dormitorio, solo lo veía a través de la rendija de la puerta. No se levantó, sino que esperaba a que entrara, cosa que hice. Lo miraba de pie, lo que le obligó a levantar la cabeza para hablarme con una expresión nerviosa que había visto antes. A nuestro alrededor, la fiesta seguía.

-Tío. Tío. Eres… ¡Eres el alma de la fiesta! ¡Sí, tío! ¡Eso es lo que eres! ¡El alma de la fiesta, tío! – comenzó a relatar inconexamente.


Reí.

-… ¡Sí, tío! ¡El puto amo! Pero… Te falta una cosa, coño. Sí, te falta una cosa que vamos a hacer ahora. Vamos a hacer una cosa.

-A ver… ¿Qué quieres?

Se levantó y me agarró de los hombros, mirándome con más seriedad que cien ancianos ermitaños.

-Queda una cosa por hacer, Manu. Solo una, ¡y serás el rey de la fiesta! Vamos a hacer una cosa: Aquí… hay gallinas ¿no?

-Sí. La hostia de gallinas, en un corral. – respondí tambaleándome.

Estábamos de fiesta de nochevieja en una casa con un terreno anexo, aislados por unos kilómetros de la ciudad.

-Tío, tío. Mira, mira… cogemos una de las gallinas, la, la, la reventamos. ¡No! La cogemos, y le cortam- ¡le arrancamos la cabeza! ¡Sí, coño, le arrancamos la cabeza y luego, y luego… luego con el cuello te pintamos la cara, tío! ¡Te pintamos la cara como un indio! ¡Te ponemos pinturas de guerra!

Por supuesto, me opuse. Me opuse con todas mis fuerzas. Me levanté y golpee las paredes de la estrecha corteza cerebral de mi cuerpo.

-¡Manu, no seas gilipollas y no lo hagas! ¡Manu!

Pero Manu no escuchó. En realidad, me resultaba divertido.

Pasamos por el salón, extrañamente lleno de gente. El ambiente estaba cargado, por lo que salir al exterior tras serpentear entre ellos fue reconfortante. La densa lluvia bajo la que sonreíamos lo fue aún más. Al contrario que mirar mi billetera (y el charco en su interior en el que nadaban los billetes) a la mañana siguiente.

Corríamos entre los truenos, Juanjo delante gesticulando como el loco que era. Hubo un tiempo, cuando era joven, en el que creía ser espiado. Se metían en su mente, decía. Cámaras en el espejo de su cuarto de baño, decía.

Cuando vio “El show de Truman”, tuvimos que sujetarlo a su cama con cuerdas durante tres días.

Saltando entre el barro, con el torrencial que se cernía sobre nuestro universo azul oscuro únicamente iluminado por la lejana luz de la casa, llegamos hasta la verja del corral, que chirrió mientras la abríamos. Quietos durante un segundo, observando. Dentro del gallinero nos esperaban nuestros mortales y emplumados enemigos, ajenos a la cruenta batalla que iban a provocar los dos sombríos guerreros que observaban con la lluvia dibujando su silueta en la noche.

Sin necesidad de una palabra saltamos sobre las gallinas. Ataque fallido. Tras la huida y dispersión del enemigo, nos encontramos fuera, en el corral embarrado al que azotaba la lluvia, con decenas de amenazantes sombras moviéndose y cacareando a nuestro alrededor. Juanjo corrió confuso detrás de algunas de ellas, y lo oí resbalar y caer en el barro.

Surgió desde las sombras, cubierto su costado izquierdo de barro. Inmóvil, miraba hacia derecha e izquierda asustado.

-¡Joder, tío! ¡Retirada! ¡Retirada, coño, nos tienen rodeados!

Corrimos en dirección a la lejana luz de la fiesta. Por el camino, perdí de vista a Juanjo, aunque lo oí caer de nuevo. Mientras avanzaba unos metros huyendo a tal velocidad que realmente empecé a creerme que debería estar asustado, oí:

-¡Ven! ¡Aquí! ¡Hombre herido, hombre herido! ¡Aaaaaah!

Volví, siguiendo a ciegas su voz. Hasta que lo encontré, dentro de un gran agujero (de al menos un metro y medio de profundidad) que no tenía sentido que estuviera allí, riéndose a carcajada limpia. Me tumbé y le ayudé a salir.

-Nos han derrotado, pero no han ganado la guerra ¡Esto ha sido una puta emboscada!

Se giró en dirección al gallinero, erguido y orgulloso, agitando su puño.

-¡Hijas de puta!... ¡Volveré! –gritó

Volvimos al salón, donde miraron sorprendidos a los dos aparecidos que acababan de entrar embutidos en sendos trajes de tierra mojada tras un baño de vitalidad. Juanjo tenía el mono. Me miró fijamente, y a dos centímetros de mi cara preguntó:

-50 euros no tendrás ahí, ¿verdad?

Miré mi cartera y el papel mojado que nadaba en su interior.

-No.

-Pero… a ver… ¿Y tu padre, tiene 50 euros?

-¡Mi padre estará durmiendo, coño! Además, hace meses que no nos vemos.

-¿Pero tendrá 15 euros?

-Joder, supongo.

-Mira, tío, vamos a hacer esto…vamos a llamar a tu padre… ¡No, vamos a ir a su casa! Vamos a ir a su casa y le pedimos 50 euros, o 20, o lo que sea. No te vas a arrepentir, tío, no te vas a arrepentir.

Me reí, y me dí la vuelta. A veces es mejor ignorar. Cuando volví a mirar, estaba hablando con Pablo.

-Tío, Pablo, ¿Tú tienes 50 euros?

Caminé en dirección a la cocina buscando algo de whisky. Se me estaba pasando la borrachera.

martes, 26 de enero de 2010

Hipoxia

Preparo los taburetes, no muy altos.

Corrí por el jardín y de un salto me zambullí, aprovechando un momento en que no tenía que silenciar los gritos con los auriculares. Habían ido al dentista.

Anna entró previa invitación telefónica en mi pequeño reino translúcido, que era mío y solo mío ahora, escurriéndose entre la delgada capa que nos separaba del movimiento y de la cámara rápida. Aquí se podía pensar, caminando despacio. Éramos Neil Armstrong y Buzz Aldrin, besándose en una luna de azulejos hasta que Buzz Aldrin comenzó a manosear la entrepierna del bueno de Neil.

Arrastré a Anna hasta la pared, y follamos. Como locos, la mitad de nosotros dentro del agua y la otra mitad acercándose al cielo. Ella con los brazos en cruz, rozando su linda piel el borde seco de esa gran bañera (porque su tamaño no daba para un calificativo de más grandeza), yo enroscado en su cuello en un vaivén que deseaba que fuera eterno. Pero yo quería más. En un impulso salvaje, cerca del final de la cálida escalera por la que subíamos, clavé mis manos en sus caderas y me dejé caer de espaldas sumergiéndonos completamente mientras nos acercábamos de manera estertórea y gradual al rechinar de dientes, a la contorsión última que nos pilló ingrávidos.

Gritos que apenas se oyen, bancos de burbujas nadando desde la boca a la superficie, uñas que dibujan heridas que escuecen por el cloro.

parafilia.

1. f. Psicol. Desviación sexual.

Cierro la puerta con llave desde dentro. La dejo puesta

Íbamos a su apartamento. La mujer de su padre estaba de parto, por lo que teníamos varias horas. De camino nos encontramos con sus amigas, cuyo saludo fue un murmullo de risas al pasar por nuestro lado. Es evidente que no eran amigas al uso, pero aún así eran lo más parecido que tenía.

Entramos. Varios vinilos en el salón, copas y vinos en la cocina. Cuarto de baño con bañera en el dormitorio principal, cuarto de baño con ducha en el pasillo. Dormitorio principal con cerradura, dormitorio de las visitas con tabla de planchar, fregona y escoba en el armario. Vistas desde el dormitorio principal: mar. Vistas desde el dormitorio de las visitas: patio interior. Anna dormía en el dormitorio de las visitas.

Sería bonito, si los propietarios fueran una pareja sin hijos.

En el cuarto de Anna, una foto de su madre en la mesita. Con rayas blancas por el uso formando una cruz, testimonio de la cantidad de veces que había ido, doblada, en la cartera.

Pero Anna solo sentía indiferencia.

Teníamos que ir deprisa, solo nuestros propios hogares vacíos amparaban nuestro amor.

Y por qué andarse por las ramas, volvimos a follar como locos, yo embelesado con el temblor de su espalda y ella aún con mi cinturón en la mano, que apoyaba en la pared. Ahora nosotros nos reíamos del mundo con nuestra indiferencia. Respiración entrecortada y besos tras la oreja. Susurros. Alzando el brazo tras su cabeza, me ofreció el cinturón mientras me rogaba que se lo atara al cuello, que quería dejar de respirar, como en la piscina. Lo hice mientras yo mismo contenía el aliento que antes sonaba como una locomotora que aceleraba y aceleraba. Manos que se estiran en la pared buscando parecer una estrella, pies que alzan sus dedos al cielo, locomotora que poco a poco disminuye el ritmo mientras los dos amantes se abrazan cerrando los ojos y vuelven a respirar.

hipoxia.

(De hipo- y el gr. ξς, ácido, con el significado de oxígeno).

1. f. Med. Déficit de oxígeno en un organismo.

Bajo la persiana, no pueden vernos los vecinos.

Mientras recuperaba el habla en la cama de matrimonio del dormitorio principal de casa, ella separó la cinta aislante que me envolvía el cuello e impedía el paso de la sangre. Supongo que mi padre estaría sin habla en ese momento también frente al tribunal. Seguramente mi madre lloraba. Y la de aquel chico atropellado también. Yo alargué la mano a la mesita de noche donde sabía que solía esconder la botella. Al pasársela a Anna vi sus cicatrices en el brazo, intentos fallidos de conseguir un final rápido al que no podía llegar por miedo. Bebió para quitarse el sabor de la boca y con el dorso de la mano se limpió los labios. En silencio, observaba las marcas de la cuchilla en sus muñecas, y abrazándola le dije que lo haríamos juntos.

suicidio.

(Voz formada a semejanza de homicidio, del lat. sui, de sí mismo, y caedĕre, matar).

1. m. Acción y efecto de suicidarse.

2. m. Acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza.

Coloco las cuerdas, haciendo el nudo como me explicaron en Internet. Junto las sillas, y llamo a Anna, que viene del cuarto de baño de su padre, vestida tan solo con un maquillaje digno de la ocasión. Dios, está preciosa, y sonríe, dando la impresión de que es la primera vez que lo hace en su vida. Me avergüenzo de estar vestido y rápidamente me deshago de la bata.

Y así, puros y ardientes, subimos a los taburetes mirándonos frente a frente. Le pregunto si está preparada, y la más radiante de las expresiones que haya visto me da toda la respuesta que necesito. La soga abraza su cuello mientras sus habilidosas manos hacen que otra abrace el mío. La emoción me impide contenerme, y mientras ella aún se afana por ajustar bien el nudo levanto uno de sus muslos obligándola a sostenerse sobre una sola pierna, y me introduzco dentro de su cuerpo que palpita, con la otra mano agarrando su cadera. Al terminar de apretar la cuerda rápidamente coloca sus manos sobre mi cuello y sonríe mientras nos enredamos en un vaivén que hace que las sillas se muevan, golpeando el suelo regularmente. Le digo que la quiero y ella me corresponde. La respiración se hace más fuerte y rápida. Se acerca el final del camino a una velocidad alarmante. Ella me mira con ojos de fuego mientras la veo acercarse y alejarse, moviéndose deprisa, su carne rozándome y alejándose, como un millón de besos de despedida de dos personas que saben que no se van a volver a ver. Cuando nos encontramos en el tramo final, sin distinguirse ya voz sino gruñidos propios del estado salvaje al que nos retrotraemos y con su larga cabellera negra acariciándome la cara, empujamos de una patada las sillas, en una acción intuitiva que nos catapulta abajo, en una caída destinada no a rompernos el cuello como en la horca, sino a permitirnos morir de lenta asfixia.

Aún colgando, la pasión nos impulsa a seguir moviéndonos más y más deprisa en un abrazo que parece irrompible. Y así, con un gemido común que no puede salir de nuestras gargantas, pero que si pudiera hacerlo espantaría a todos los pájaros de una montaña, llegamos al final y flotamos, inertes, ingrávidos,

como en la piscina.