"Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
se secan y mueren en
la perdida Carcosa."

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miércoles, 5 de mayo de 2010

Alonsican Beauty

Charlábamos, ellos en el sofá y yo en el sillón, frente a frente. La conversación era, cuanto menos, irritante. Se nos acababa el tiempo, y había demasiadas cosas que hacer. Demasiadas oportunidades que íbamos a desaprovechar si no nos dábamos prisa. Demasiados trabajos que realizar con urgencia. Demasiadas personas a las que llamar, demasiados problemas que solucionar. Y entonces miré el humo que exhalaba con puntualidad tras cada inspiración al puro.


Y lo vi, flotando y extendiéndose con la forma de un abanico deforme, buscando estrechar entre sus ramificaciones semejantes a unos dedos cenizos la lámpara de pie que se situaba descentrada en la habitación, cerca de mi sofá. Subió, difuminándose en sus hilillos más pequeños y partiéndose en los más grandes, oscilando hasta su desaparición en los puntos en los que una caprichosa corriente de aire decidía abatirlo, dibujando un río bajo la luz anaranjada. Cada vez se hacía más lento, cada vez se hacía menos juguetón. Cada vez moría un poco más, hasta que se detuvo junto a la bombilla. Muerto. Mi aliento gris y pálido dejó su huella en el aire y permaneció inmóvil, interponiéndose y contrastando a la vez con la agitada conversación que mantenían conmigo. Y yo los escuchaba, pero ya no importaba, porque el tiempo se había detenido.


Mejor dicho, yo me había detenido con mi humo, que seguía quieto y levitando, cada vez más diminuto, paralelo a la lámpara como si nada más importara, testigo momentáneo de una perfección diminuta y a la vez sacra al alcance de la mano. Una perfección que se encuentra en cada pequeño detalle, y que hace palidecer todo lo demás con solo ser capaz de posar nuestra vista en ella de la manera adecuada. Al poco rato una corriente de aire desvaneció por completo mi pequeña columna de humo, y volví a la conversación.


Supongo que por eso dicen que me abstraigo.

lunes, 15 de marzo de 2010

Bip

La alarma de mi despertador es, básicamente, un pitido que se repite cada vez más y más rápido. Todas las mañanas desde hace tres años me levanto con ese pitido. Entre el primer y segundo pitido hay unos tres segundos de diferencia. Y estoy tan acostumbrado a asociar ese sonido con levantar las sábanas que la mayoría de las veces apago la alarma antes de que suene el segundo “bip”.

La pasada navidad me ocurrió algo raro. De repente, mientras cenaba, me sentí algo mareado, aunque esa sensación no afectaba nada más que a mi vista. Parecía…parecía como si estuviera viendo todo desde lejos. Como si viera mi vida a través de una pantalla de televisión. Como si todo fuera irreal. Pasó una semana, y aquella sensación no desaparecía. Creía que me había vuelto loco, y cuando finalmente fui al médico afirmó rotundamente que no era otra cosa que jaqueca.

¿Jaqueca? Sí, mi padre tenía jaquecas, mi abuela tuvo jaquecas y yo tenía posibilidad de sufrir jaqueca. Pero entonces ¿Dónde estaba el dolor de cabeza?

Pues el dolor de cabeza llegó. Levemente al principio, pero cuanto más me convencía de que mi visión extraña y distante venía dada por mis genes y no era otra cosa que una enfermedad común, más y más aumentaba su intensidad, hasta el punto de ser la causa de alguna que otra noche sin dormir.

No me lo plantee, al principio. Pero ahora sí:

psicosomático, ca.

(De psico- y somático).

1. adj. Psicol. Que afecta a la psique o que implica o da lugar a una acción de la psique sobre el cuerpo o al contrario.


Puedo habérmelo inventado todo. El dolor de cabeza y su ausencia al tomar una pastilla, simplemente con mi convicción. También puedo haberme inventado el mareo.

Pero también puedo haberme inventado al doctor, a mi familia y mi vida desde aquella navidad, explicando así esta extraña apariencia de ficción que todo lo rodea.


¿Por qué no empecé a sentir malestar hasta varias semanas después de manifestar tan solo un síntoma? ¿Por qué, cuanto más me convencía de que lo que tenía era jaqueca, más punzante, violento, salvaje y constante era el dolor? ¿Por qué esta leve sensación de alucinación, de falta de control? ¿Por qué ese mareo, por llamarlo así, se manifestó súbitamente, con la velocidad de un desvanecimiento o de la misma muerte?


¿Por qué, a veces, mientras me siento a solas en mi cuarto, o me rodea el silencio, me parece oír súbitamente junto a mí el familiar pitido de mi despertador?

domingo, 31 de enero de 2010

Algunos lugares

Algunos lugares tienen la belleza de lo eterno y lo inmutable. Algunos lugares nos regalan la posibilidad de saber que vivimos ese momento en concreto, sumergidos en la arquitectura que algún Dios esforzándose por dejar su huella ha creado, apretando su dedo contra la tierra hasta tener la yema blanca. En cierto modo también he encontrado belleza en los desfiladeros de hormigón que se levantan imponentes en la ciudad por la que cada día circulamos, pero no es comparable al contacto directo con la eternidad.

Y digo eternidad porque es en estos lugares donde se halla la inmortalidad, en los animales que pueblan salvajes las tierras vírgenes. Una persona de hoy jamás podrá comportarse de manera semejante a la de un ciudadano de las polis griegas, o sin ir más lejos, a la de los chicos que desembarcaron en Normandía, ni siquiera aunque lo intente, pues el contexto ha dejado dentro de su ser un rastro imborrable.

Sin embargo, cuando en una playa perdida observas con curiosidad a un cangrejo, o a una gaviota oscilando con las corrientes frente al acantilado, sabes que sus vidas son en esencia réplicas de las de su padre, su abuelo, e iguales a las del cangrejo que caminaba tambaleándose por esta agua cuando la espada caía sobre el primero de los hugonotes en París. Hay que nadar hacia atrás millones de años para observar un cambio en su comportamiento y su entorno.

Mirar a los ojos a un animal libre es mirar a los ojos del tiempo.

jueves, 28 de enero de 2010

Amanece

Y me asomo al balcón y respiro mientras el frío azul del amanecer va deshaciendo el hechizo que mantiene a una ciudad en coma.

Hoy me doy cuenta. El hombre está preparado para dormir de noche, pero unos pocos preferimos, siempre que es posible, el romanticismo de hacerlo de día. Que los últimos momentos de consciencia que te lleves a la cama sean de una ciudad que se despereza y se prepara para afrontar el presente, no los somnolientos andares de una gran urbe, pensando en dejar de pensar.

Despedirse con un nacimiento, no con una muerte. Un hola, no un adiós. Dar la bienvenida a la vida que pronto pululará por las calles mientras sientes que has cumplido. Palmear las espaldas de los demás, alegre porque te das cuenta de que tienen horas por delante para vivir y escribir su destino.


Y el sol sale, y mi persiana se cierra. Sonrío.